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Días 1-2 — Évora, huesos, columnas y la siesta de las cigüeñas
Recogí el coche de alquiler en Sevilla un lunes por la mañana, y a la media hora de cruzar la frontera ya estaba haciendo lo que mejor se me da: parar en el arcén sin motivo. El motivo oficial fue un campo de alcornoques recién pelados, con el tronco color teja y un número pintado con brocha. El motivo real es que en el Alentejo las carreteras están tan vacías que parar parece de buena educación. En hora y media me crucé con siete coches, dos tractores y una señora en bicicleta que me saludó como si me conociera de algo.
Évora me recibió con las murallas por delante y las cigüeñas por encima. Dejé el coche fuera, como manda el sentido común y el empedrado, y entré andando hasta la plaza do Giraldo, donde pedí un café y me quedé un buen rato mirando cómo no pasaba nada. Llevo desde 2019 viajando sola y he aprendido que ese momento —la primera silla, el primer café, el primer rato de no hacer nada en un sitio nuevo— es la verdadera frontera.
El templo romano está en lo alto de la ciudad, catorce columnas plantadas en mitad de una plaza con la naturalidad de quien lleva ahí dos mil años y no piensa dar explicaciones. Al lado hay un jardín con vistas a la llanura y bancos en sombra, que a las cuatro de la tarde de un abril alentejano ya se agradecen. La Capela dos Ossos la dejé para la mañana siguiente, recién abierta, y fue buena idea: estuve casi sola en una capilla forrada de huesos y calaveras de cinco mil monjes, con una inscripción en la entrada que viene a decir "nosotros, los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos". Debería ser tétrico y sin embargo sales de allí con ganas de vivir despacio, que sospecho que era la idea.
El resto del segundo día fue de murallas, callejones blancos con franjas amarillas y una cena en una tasca donde la dueña decidió unilateralmente que yo tenía hambre atrasada. Plato del día, ensalada, vino de la casa y una rodaja de torta de almendra "que la pago yo, menina". No pasó nada en Évora en dos días. Fue maravilloso.
Día 3 — Monsaraz, un pueblo blanco flotando sobre un lago
De Évora a Monsaraz hay una hora de carretera recta entre viñas y olivos, con el asfalto ondulando por el calor y ni un alma con la que compartirlo. El pueblo se ve desde lejos, encaramado a su cerro con la muralla puesta, y al llegar entiendes por qué no dejan entrar coches: dentro hay dos calles y media, empedradas con lascas de pizarra, casas blancas con zócalos grises y un silencio que se oye.
Subí al castillo, que es gratis y no lo parece, y me quedé un rato largo en las almenas mirando el lago Alqueva, el embalse más grande de Europa occidental, que desde arriba parece un mar que se ha equivocado de sitio. Comí un ensopado de borrego en una casa de comidas con tres mesas, di la vuelta entera a la muralla dos veces (la segunda porque sí) y bajé un rato a la playa fluvial a meter los pies en el lago, que en abril está más templado que el Atlántico en agosto.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
