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Día 1 — Calella de Palafrugell, o cómo empezar por el final
Salí de Valladolid a las seis de la mañana con el depósito lleno, una playlist que mi copiloto habitual califica de "delito leve" y la teoría de siempre: el plan es que no haya plan. Siete horas después aparqué a la entrada de Calella de Palafrugell, bajé andando hasta el mar y entendí que había empezado el viaje por el sitio que otros se guardan para el final. Casas blancas, barcas varadas en la arena, porches encalados. Un pueblo de pescadores que sigue pareciendo un pueblo de pescadores, que ya es mérito.
La tarde fue de camino de ronda, que es como aquí llaman a los senderos que van cosiendo las calas por encima del acantilado. De Calella a Llafranc se llega paseando en veinte minutos; de ahí subí al faro de Sant Sebastià, sudando lo justo para merecer las vistas, y bajé hasta Tamariu, que en abril estaba tan tranquila que el bar de la playa me atendió como a un pariente.
Y luego, el suquet. Cené en una tasca frente a las barcas de Port Bo un suquet de pescado que me reordenó las prioridades: patata, rape, gambas y un caldo que pedía pan sin decirlo. Le pregunté al camarero el secreto y me dijo "el fumet, y no tener prisa". Apunté las dos cosas.
Día 2 — Begur y la ciencia exacta de perder el tiempo en calas
De Calella a Begur hay quince minutos de coche, así que hice lo lógico: tardar dos horas. Paré en un mirador que no venía en el mapa, en un campo de olivos porque sí y en una panadería de Esclanyà de la que salí con más cocas de las recomendables para una sola persona.
Begur es un pueblo colgado alrededor de un castillo en ruinas, con casas de indianos que construyeron los que volvieron ricos de Cuba. Subí al castillo, que se hace en diez minutos y regala la mejor panorámica de la zona, y después bajé a Sa Tuna por una carretera que es básicamente un pasillo con curvas. La cala, de piedras redondas y agua transparente, compensa el sudor frío de los cruces.
La tarde la eché en Aiguablava, que tiene un nombre que ya lo dice todo: agua azul. En abril el agua está a "valientes y gallegos", así que me limité a meter los pies, quedarme mirando el turquesa un rato largo y decidir que las prisas son un invento de la gente que no ha estado aquí.
Días 3-4 — Cadaqués, el fin del mundo con casas blancas
Para llegar a Cadaqués hay que ganárselo: la única carretera cruza un puerto de montaña desde Roses y va soltando curvas hasta que, de golpe, aparece la bahía y el pueblo blanco derramado alrededor. Paré en el arcén del mirador como todo el mundo, hice la foto como todo el mundo y bajé con la sensación de estar entrando en un sitio aparte. Dalí decía que era el pueblo más bonito del mundo, y el hombre exageraba con casi todo, pero con esto no.
El primer día lo dediqué al pueblo: callejones de pizarra, la iglesia encaramada en lo alto, vermut en el paseo viendo pasar a los cuatro turistas que éramos. El segundo tocó Cap de Creus, donde la carretera se acaba porque se acaba la península. El paisaje es de otro planeta: rocas grises retorcidas por el viento, ni un árbol, el faro aguantando el tipo. La tramontana soplaba con ganas y en el sendero del faro caminé en un ángulo que habría hecho gracia a cualquiera que me viera.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
