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Día 1 — Bolzano y un vecino de hace 5.300 años
Aterricé en los Dolomitas por la puerta fácil: Bolzano, la capital del Tirol del Sur, esa parte de Italia donde todo el mundo habla alemán, los carteles van en dos idiomas y el desayuno es más de embutido y strudel que de cornetto. Un sitio perfecto para aclimatarse antes de meterse en la montaña de verdad.
La visita obligada es el Museo Arqueológico, donde vive Ötzi, la momia de hielo de más de cinco mil años que unos senderistas encontraron en un glaciar en 1991. Verlo de cerca, con su ropa, sus herramientas y hasta el contenido de su última comida analizado, es de esas cosas que te dejan pensando. Compré la entrada con hora, que el museo es pequeño y controla el aforo, y aun así había cola.
Pasé el resto del día paseando por el casco antiguo, bajo los soportales de la Via dei Portici, tomando un aperitivo con vistas a las primeras montañas. Cena contundente —aquí eso no es negociable— y a dormir, que al día siguiente empezaba lo bueno.
Días 2-3 — Val Gardena y el Alpe di Siusi
Me instalé dos noches en Ortisei, en pleno Val Gardena, un pueblo de cuento con casas pintadas y talladores de madera por todas partes. Desde aquí se sube en funicular al Alpe di Siusi, que es la pradera de altura más grande de los Alpes: kilómetros de hierba ondulada a dos mil metros, salpicada de casetas de madera, con el Sassolungo y sus compañeros recortándose al fondo.
Y aquí va mi filosofía de montañero cómodo: yo no vengo a sufrir. El Alpe di Siusi es el paraíso del senderista perezoso porque los senderos son suaves, casi llanos, y cada media hora hay un rifugio donde parar a comer un plato de canederli o un trozo de strudel. Caminé toda la mañana sin apenas desnivel, con la sensación de estar dentro de un salvapantallas, y comí en una terraza con las cimas delante. No se me ocurre mejor manera de pasar un día en la montaña.
Un apunte práctico: el Alpe está cerrado al coche durante el día en temporada, así que hay que subir sí o sí en el funicular de Ortisei. Mejor así: te ahorras el aparcamiento y bajas a última hora con la luz dorada.
Días 4-5 — Misurina y la vuelta a las Tre Cime
Cambié de base a Misurina, un lago pequeño rodeado de hoteles antiguos, porque desde aquí sale el día estrella de cualquier viaje a los Dolomitas: la vuelta a las Tre Cime di Lavaredo, esas tres agujas de roca que salen en todas las fotos.
Aquí un aviso importante para quien vaya, como yo, a primeros de junio: la carretera de peaje que sube al Rifugio Auronzo, punto de partida de la ruta, puede abrir con retraso si todavía queda nieve. Confirmadlo antes de plantaros allí. A mí me pilló recién abierta por los pelos.
La vuelta completa a las Tre Cime son unas cuatro horas y no tiene apenas dificultad técnica, aunque hay que llevar capas porque arriba el viento corta aunque luzca el sol. Vas rodeando las tres cimas y las ves cambiar de forma según avanzas, pasas por el Rifugio Locatelli con la estampa clásica de las tres agujas alineadas, y comes lo que puedas cargar o lo que sirvan en los refugios. Fue el día que más anduve del viaje y el que mejor recuerdo.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
