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Día 1 — Rouen: agujas góticas y primera noche de furgo
La ruta empezó como empiezan casi todas las mías: con la furgo cargada de más, la cámara en el asiento del copiloto y un desvío no planificado antes de la primera hora. Quería entrar en Rouen por la orilla del Sena y acabé en un polígono de Sotteville por hacerle demasiado caso a una rotonda. Da igual: en Normandía hasta los polígonos tienen cielos de cuadro, unos nubarrones dramáticos con rayos de sol en abanico que en Valencia solo vemos en las películas.
Rouen me ganó en una tarde. La catedral es esa que Monet pintó más de treinta veces a distintas horas, y cuando la luz de la tarde empezó a moverse por la fachada entendí al hombre: yo llevaba cuarenta fotos y ni me había dado cuenta. El casco viejo es un bosque de casas de entramado de madera torcidas con mucho estilo, con el Gros-Horloge dorado cruzando la calle principal y la plaza donde quemaron a Juana de Arco, hoy con una iglesia moderna en forma de llama que no debería funcionar y funciona. Dormí en el área junto al Sena, cené queso camembert con pan dentro de la furgo y me sentí exactamente donde tenía que estar.
Día 2 — Étretat: acantilados, arcos y la aguja
A Étretat llegué pronto, aparqué la furgo abajo en el pueblo —arriba no cabe ni una bici, no lo intentéis— y subí andando a la Falaise d'Amont, la del lado de la capilla. Desde ahí se ve el arco de Aval y la aguja de 70 metros saliendo del mar, y por mucho que hayas visto la foto mil veces, en directo el acantilado tiene un tamaño que la foto no cuenta. Estuve una hora larga arriba, cambiando de objetivo y de opinión sobre cuál era el mejor encuadre.
Por la tarde tocaba el otro lado, y aquí viene mi momento estelar del viaje: bajé a la playa de cantos para pasar bajo el arco con la marea baja, me entretuve fotografiando charcos con reflejos, que es mi perdición, y cuando levanté la vista el paso empezaba a estrecharse con la marea subiendo. Salí con las botas mojadas y el corazón a ritmo de tamborrada, riéndome sola de puro alivio. Consultad las mareas, de verdad. Yo las había consultado y aun así casi me como el susto: los charcos con reflejos son muy traicioneros. La puesta de sol desde lo alto de Aval, con el mar dorado y los veleros volviendo al puerto, me pareció un final justo para un día que pudo acabar en anécdota mucho peor.
Día 3 — Honfleur y la ruta de la sidra
Honfleur es el puerto que pintaron los impresionistas cuando todavía no se llamaban así, y sigue pareciendo recién pintado. El Vieux Bassin, con sus casas altas y flacas apretadas como libros en una estantería, se refleja en el agua con una obediencia sospechosa; la iglesia de Sainte-Catherine, toda de madera y levantada por carpinteros de barcos, tiene el techo como un casco puesto del revés. Comí moules frites en el muelle, con una gaviota supervisándome de cerca, y por una vez la luz buena y yo coincidimos sin madrugar.
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Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
