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Día 1 — Ribeira, una librería con cola y la primera francesinha
Llegamos a Oporto un viernes a mediodía con la logística habitual de nuestra familia: tres maletas, una mochila de emergencias y una niña de cinco años que había prometido portarse "casi siempre bien". El apartamento estaba a dos calles de la Ribeira, así que lo primero que vimos de la ciudad fue lo mejor de la ciudad: esas fachadas de colores apiladas sobre el río como si alguien las hubiera colocado a empujones, y el puente Don Luis I cosiéndolo todo por arriba.
La primera parada seria fue la librería Lello, con entrada comprada desde casa porque nos habían avisado de la cola. Por dentro es tan bonita como prometen: la escalera roja, las vidrieras, la madera crujiendo. Julia decidió que era "un castillo de libros" y quiso subir y bajar la escalera cuatro veces, que resultó ser exactamente el mismo plan que tenían las doscientas personas de dentro. De ahí fuimos a la estación de São Bento a mirar azulejos, que es una frase rara hasta que estás en ese vestíbulo con el cuello doblado, contando caballos pintados en azul.
Y llegó la hora de comer, es decir, la hora de la primera francesinha. Para quien no lo sepa: pan, filete, salchicha, jamón, queso fundido por encima y una salsa con misterio. Pedimos dos, una para cada adulto, y un plato de arroz con pollo para la niña. Julia miró nuestros platos, olió la salsa y dictó sentencia: "eso está malísimo y lo sabéis". Nosotros rebañamos hasta la última patata. Empate técnico.
Por la tarde paseamos la Ribeira sin rumbo, que es como hay que pasearla, y cruzamos el tablero inferior del puente solo para volver a cruzarlo, porque a los cinco años un puente es una atracción en sí misma.
Día 2 — Gaia: barricas gigantes, teleférico y el atardecer del Jardim do Morro
El sábado tocaba Vila Nova de Gaia, la otra orilla, donde envejecen los vinos de Oporto en bodegas con nombres de película antigua. Habíamos reservado visita en Cálem a las once, con cierta duda de si una bodega era plan para una cría de cinco años. Respuesta: sí, rotundamente. Barricas más grandes que nuestro coche, pasillos en penumbra que huelen a dulce y una guía que le dejó dar dos golpecitos a un tonel "para oír al vino dormir". En la cata, zumo de uva para ella y dos oportos para nosotros. Salimos todos contentos, cada uno por sus motivos.
Comimos en la orilla de Gaia y, sí, cayeron las francesinhas tres y cuatro, porque estábamos haciendo trabajo de campo y alguien tenía que hacerlo. Julia, fiel a sus principios, ni la miró y negoció un bitoque, que es un filete con huevo frito y la prueba de que Portugal también piensa en los inocentes.
La tarde fue redonda: subimos en el teleférico de Gaia, seis minutos de vuelo bajito sobre los tejados que a la niña le parecieron la mejor atracción del viaje ("mejor que el castillo de libros, mamá"), y rematamos en el Jardim do Morro a esperar el atardecer. Aquello es medio Oporto sentado en una ladera de césped, con un chico tocando la guitarra y el sol cayendo justo detrás de la ciudad. Julia bailó, nosotros no hicimos ni una foto buena y dio exactamente igual.
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Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
