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Día 1 — Combarro y Pontevedra, empezando por casa
Voy a confesar algo que a un viguesa le cuesta: para este viaje me subí al norte de mi ría y reconocí méritos ajenos. Empecé en Combarro, en el ayuntamiento de Poio, que es ese pueblo que sale en todas las fotos de Galicia con la fila de hórreos y cruceiros justo al borde del agua. Y sí, es tan bonito como lo pintan, con el añadido de que huele a mar y a leña por igual.
Aviso desde ya: no intentéis meter el coche en la parte de abajo. Las calles son un pañuelo y os la jugáis con cada retrovisor. Aparqué arriba, bajé andando y me dediqué a callejear entre casas de piedra hasta dar con los hórreos famosos, que de cerca son más humildes y más entrañables que en la postal.
Por la tarde me acerqué a Pontevedra, que tiene uno de los cascos históricos más agradables de España, peatonal casi entero. Fui saltando de plaza en plaza —la da Leña, la da Ferrería— tapeando un poco en cada una, hasta que se me hizo de noche sin darme cuenta. Pontevedra es de esas ciudades donde el plan es no tener plan y dejarse llevar de terraza en terraza.
Día 2 — O Grove y A Toxa: la jornada marisquera
El segundo día fue, básicamente, una excusa para comer marisco. O Grove está en plena ría de Arousa, que es la reina de la producción de mejillón, y todo el pueblo gira en torno al mar. Subí primero al mirador de A Siradella, que te planta las vistas de toda la ría con las bateas flotando como un ejército ordenado, y luego me bajé al puerto a coger un catamarán.
Ese barco fue lo mejor del día. Te llevan hasta una batea, ves cómo suben las cuerdas cargadas de mejillones y te los sirven allí mismo, recién cocidos, con un albariño frío. Comer mejillón mirando la ría desde la que ha salido es una experiencia que le recomiendo hasta a los que dicen que no les gusta el marisco.
Por la tarde crucé a la isla de A Toxa, unida por un puente, famosa por sus balnearios y por una capilla curiosísima forrada entera de conchas de vieira. Es un caprichito, se ve en diez minutos, pero engancha para las fotos. Cené ligero, que venía servida de mediodía.
Día 3 — Muxía y el salto a la Costa da Morte
Aquí el viaje cambia de carácter. Dejé las Rías Baixas, tranquilas y verdes, y subí a la Costa da Morte, que ya es otra cosa: Atlántico bravo, acantilados y ese nombre que no se lo pusieron por casualidad, con siglos de naufragios detrás.
Muxía fue mi primera parada y me dejó sin palabras. El santuario da Virxe da Barca está literalmente al borde del mar, sobre las rocas, y alrededor hay unas piedras a las que la tradición atribuye poderes: la Pedra de Abalar, que dicen que se mueve, y la Pedra dos Cadrís, por debajo de la cual se pasa la gente para curar los males de espalda. Yo no me curé nada, pero el sitio, con el viento silbando y las olas reventando contra la piedra, tiene una fuerza que se te mete dentro.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
