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Día 1 — Roma clásica: del Coliseo a Trastévere (con parada técnica)
Aterricé en Fiumicino un viernes a las 8:40 con equipaje de mano, la entrada del Coliseo en el móvil y una teoría que venía a verificar: que en Roma se puede hacer todo en tres días si desayunas rápido. Lo del contador de gelatos no estaba en el plan. Empezó como una broma conmigo misma —"uno al día, Silvia, eres una adulta"— y a las cinco de la tarde del primer día ya iba por el tercero. Adelanto el dato final para que nadie sufra: doce gelatos en tres días. Una media de cuatro. No me arrepiento de ninguno.
El Coliseo a primera hora es otra cosa. Entré con la franja de las 9:00 y durante veinte minutos pude fingir que el anfiteatro era mío y de cuatro japoneses madrugadores. Es más grande de lo que parece en las fotos y más pequeño de lo que parece en las películas, y las dos cosas a la vez lo hacen mejor. Después, Foro Romano y Palatino, que es donde de verdad se te cruzan los cables: caminas por la calle donde desfilaban los emperadores y hay margaritas creciendo entre los mármoles. Desde el Palatino, con todo el Foro a los pies, cayó el gelato número uno (limón y frambuesa, heladería de la salida, correcto sin más).
La tarde fue de callejeo hasta la Boca de la Verdad —cola de veinte minutos para una foto de tres segundos, lo asumo— y cruce del Tíber hacia Trastévere, que de noche se convierte en lo que todos imaginamos cuando alguien dice "Italia": callejones con hiedra, trattorias con manteles de papel y un rumor general de gente cenando bien. Cacio e pepe en un sitio diminuto de la Via della Scala, vino de la casa y el gelato número tres de camino al hotel, porque el número dos había caído a media tarde y ya no había vuelta atrás. El contador estaba oficialmente fuera de control.
Día 2 — El Vaticano a paso ligero (dentro de lo posible)
El sábado tocaba país extranjero: el Vaticano. Tenía la entrada de los Museos Vaticanos a las 8:00 y os juro que fue la mejor decisión del viaje. El truco, que leí en algún foro y confirmo, es no entretenerse a la ida: se cruza la Galería de los Mapas a paso de madrileña con transbordo en hora punta, se llega a la Capilla Sixtina con las primeras oleadas y se contempla el techo de Miguel Ángel casi en silencio. Luego ya se vuelve hacia atrás y se ve todo lo demás con calma. Hice exactamente eso y durante diez minutos estuve bajo el Juicio Final escuchando mis propios pasos. No sé cuánta gente puede decir eso un sábado de junio.
San Pedro fue después, y la cúpula también. Son 551 escalones si subes todo a pie, los últimos en un pasadizo inclinado donde la pared se curva contigo y empiezas a entender por qué venden agua a precio de perfume ahí arriba. Las vistas: toda Roma, la plaza con sus columnatas como dos brazos abiertos, y una señora a mi lado llorando de la emoción. Casi lloro yo también, aunque puede que fuera el esfuerzo.
Por la tarde bajé por Via della Conciliazione hasta Castel Sant'Angelo, que es mausoleo, fortaleza, prisión y decorado de ópera según el siglo que le preguntes. Me quedé en la terraza hasta la puesta de sol, con el Tíber dorado y los puentes llenándose de gente. Gelatos del día: cuatro. El de stracciatella en Prati, junto a la salida de los museos, entra directo en mi podio europeo.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
