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Días 1-2 — Florencia sin reloj
Hay dos maneras de ver Florencia: la de la infografía que promete "lo esencial en un día" y la mía, que consiste en darle dos días enteros y aun así irse con deberes pendientes. Aterricé en Pisa un sábado por la mañana, recogí el coche de alquiler —un utilitario blanco al que acabé cogiendo cariño— y lo primero que hice al llegar a Florencia fue aparcarlo en un garaje junto a la estación y olvidarme de él durante dos días. La ZTL florentina no perdona, y yo venía a pasear, no a coleccionar multas por cámara.
El primer día lo dediqué a la orilla derecha del Arno, que es donde vive todo lo que sale en los libros. El Duomo de fuera es una tarta imposible de mármol verde, blanco y rosa; por dentro sorprende lo austero, hasta que levantas la cabeza y te cae encima el Juicio Final de Vasari. Subí a la cúpula con reserva de las 16:30 y confirmo los rumores: 463 escalones, pasillos donde hay que negociar el paso con los que bajan, y arriba una vista que te reordena las prioridades. Bajé despacio, que es como bajo yo todo, y me premié con una schiacciata rellena en un local de la Via dei Neri con cola de veinte minutos que resultó ser cola con fundamento.
El segundo día era el de los Uffizi, con entrada anticipada de las 8:15 comprada hace un mes. Que nadie me hable de improvisar en Florencia en junio: la anticipación es la única forma de estar delante del nacimiento de Venus sin compartirlo con cuarenta móviles en alto. Estuve tres horas y media dentro y salí con hambre de las dos clases. La tarde fue para el Oltrarno, la otra orilla, que es donde Florencia deja de posar: talleres de artesanos con la puerta abierta, la plaza de Santo Spirito con sus terracitas y un vinaio donde me sirvieron un vaso de Chianti con la misma ceremonia que si fuera un Brunello. Al atardecer subí andando al Piazzale Michelangelo, como todo el mundo, y como todo el mundo me callé cuando el sol empezó a caer detrás de la cúpula. Hay clichés que son clichés porque funcionan.
Día 3 — San Gimignano y Siena: torres y una plaza en forma de concha
El tercer día recuperé el coche y empezó la parte del viaje que de verdad venía buscando: carreteras secundarias, colinas y ningún horario. San Gimignano aparece de lejos como un skyline medieval en miniatura, catorce torres donde hubo setenta y dos, levantadas por familias que competían a ver quién la tenía más alta (la torre). Subí a la Torre Grossa, la única visitable, y desde arriba entendí el negocio: viñedos en todas direcciones y los turistas abajo, del tamaño de hormigas con sombrero. El pueblo se llena a mediodía, así que hice lo contrario que la marea: llegué a las nueve y a las doce ya estaba comiendo en una terraza de las afueras, viendo entrar a los autobuses con la serenidad del que ya se va.
Siena por la tarde y, sobre todo, Siena por la noche, porque ahí dormía. Es mi truco favorito y lo repito donde haga falta: los pueblos y ciudades de excursión hay que verlos cuando las excursiones se han ido. A las siete de la tarde la Piazza del Campo se vacía de banderines de guía y se llena de sieneses tomando el fresco. Me senté en el suelo inclinado de la plaza, que es lo que hay que hacer aunque el pantalón proteste, y me quedé hasta que se encendieron las farolas. La catedral la vi al día siguiente a primera hora, con su suelo de mármol historiado y su fachada de exceso justificado, y salí de la ciudad tarde y contento, que es mi combinación preferida.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
