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Día 1 — Alfama, la Baixa y la teoría de los miradores
Llegué a Lisboa un viernes por la mañana con una mochila pequeña y un plan muy claro: no tener plan. Bueno, miento. Tenía tres cosas apuntadas: subirme al tranvía 28, comer donde comieran los del barrio y ver el atardecer desde un mirador. Las tres cayeron el primer día antes de las ocho de la tarde, así que técnicamente el resto del viaje fue propina.
El tranvía 28 es exactamente lo que prometen las fotos: un cacharro amarillo de madera que cruje en cada curva y que sube por Alfama rozando la ropa tendida. El truco, que me chivó la señora del hostal, es cogerlo a primera hora desde Martim Moniz. A las nueve de la mañana iba medio vacío; cuando me bajé en Graça y lo vi pasar de vuelta a mediodía, la gente iba prensada contra los cristales como percebes.
Alfama se recorre sin mapa, y de hecho el mapa estorba. Es un barrio de callejones que no llevan a ninguna parte y escaleras que aparecen de la nada, con la ropa tendida de balcón a balcón y señoras que te dan las buenas tardes desde la ventana. Me perdí tres veces y las tres acabé en un sitio mejor del que buscaba. La tercera fue en el mirador de Santa Luzia, el de los azulejos y las buganvillas, y ahí decidí quedarme un rato largo mirando los tejados bajar hacia el Tajo.
Por la tarde subí al Castelo de São Jorge, que tiene las mejores vistas de la ciudad y una población sorprendente de pavos reales con muy poco respeto por el turista. Bajé por la Baixa, que después del terremoto de 1755 se reconstruyó en cuadrícula y parece otra ciudad, y cené en una tasca diminuta cerca de la catedral: bacalao a bras, vino verde y un total de catorce euros. Lisboa, de momento, jugando en otra liga.
Día 2 — Belém: monasterios, torres y la cola mejor invertida de mi vida
El segundo día tocaba Belém, que está a veinte minutos en el tranvía 15E y es donde Lisboa guarda sus joyas de cuando era la capital del mundo. Fui pronto, en cuanto abrió el Monasterio de los Jerónimos, y fue un acierto doble: primero porque el claustro por la mañana, con la piedra dorada y sin gente, es de esos sitios que te hacen hablar bajito sin que nadie te lo pida. Y segundo porque al salir, la cola de los Pastéis de Belém todavía era razonable.
Sobre los pastéis: sí, hay que ir. Sí, aunque haya cola. La pastelería original lleva haciéndolos desde 1837 con una receta que dicen que solo conocen tres personas, y se nota. El hojaldre cruje de otra manera, la crema está templada, y la canela te la pones tú con un espolvoreador que ya quisiera cualquier restaurante con estrella. Me comí dos allí de pie y me llevé otros dos "para luego". Luego resultó ser el banco de enfrente, siete minutos después.
La tarde fue de paseo junto al río: la Torre de Belém, que es más pequeña de lo que parece en las fotos pero mucho más bonita, el monumento a los Descubrimientos con su rampa de héroes mirando al mar, y una caminata larga por el paseo hasta que el sol empezó a caer. Cené en el barrio y me acosté pronto, porque el plan del día siguiente tenía madrugón incluido.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
