Índice
Días 1-2 — Jaca y el valle del Aragón
Empecé la semana en Jaca, que es una buena puerta de entrada al Pirineo aragonés porque tiene de todo sin ser un pueblo de postal saturado: catedral románica, una ciudadela con forma de estrella y un montón de sitios donde cenar migas sin que te miren raro por pedir de más.
La ciudadela me sorprendió. Es una fortaleza pentagonal del siglo XVI, con su foso y todo, y dentro pastan unos ciervos tan tranquilos que parecen parte del atrezzo. Se visita con pase guiado y en una hora la ves entera, pero es de esas visitas que te reconcilian con la palabra "museo militar".
El plato fuerte del valle, sin embargo, está a media hora en coche: el monasterio de San Juan de la Peña. Hay dos, el nuevo y el viejo, y el que hay que ver es el viejo, que está literalmente metido debajo de un roquedo gigantesco de conglomerado rojo. Es un sitio que impone de verdad. Aparqué arriba, en el monasterio nuevo, y bajé andando entre hayas hasta el viejo, que además de ahorrarte la lanzadera te mete en ambiente. Consejo de andarín: ese paseo es la mitad de la gracia.
Dormí dos noches en Jaca para no hacer las maletas cada día y usarla de campamento base. Craso error de cálculo con el desayuno: pedí un tortel de Jaca "para probar" y acabé desayunando repostería el resto de la semana.
Días 3-4 — Torla y Ordesa, el día grande
De Jaca a Torla hay poco más de una hora, y Torla es exactamente lo que uno se imagina de un pueblo pirenaico: piedra, tejados de pizarra y las paredes de Ordesa asomando por detrás como telón de fondo. Me alojé allí dos noches porque el segundo día tocaba el día grande del viaje: la pradera de Ordesa hasta la Cola de Caballo.
Aquí primer aviso importante para quien vaya en temporada alta: el valle se cierra al tráfico y hay que subir en el bus lanzadera desde Torla. Yo fui a principios de mayo entre semana y pude subir en coche, pero conviene mirarlo antes porque el año que te pilla cerrado y no lo sabes, empiezas el día de mal humor.
La ruta de la pradera a la Cola de Caballo son unas cinco horas ida y vuelta y casi no tiene desnivel hasta el final, así que es asequible para cualquiera con ganas. El valle se va estrechando, el río Arazas va haciendo saltos de agua y las paredes se ponen cada vez más altas hasta que llegas al circo de Soaso y a la cascada. Me senté a comer el bocadillo con las botas colgando sobre una piedra y pensé, como cada vez que subo aquí, que estas cuestas no las vuelvo a hacer. Mentira, claro.
Un apunte: quería seguir subiendo por las Clavijas de Soaso, pero arriba había placas de hielo y nieve dura de las que no perdonan. Di media vuelta sin dramatismo. La montaña sigue ahí; yo también quiero seguir aquí.
Día 5 — Aínsa y el cañón de Añisclo
Bajé de la alta montaña a Aínsa, que es harina de otro costal: un pueblo medieval encaramado en un cerro, con una plaza mayor porticada y empedrada que es de las más bonitas de todo el Pirineo. Llegué a media tarde, dejé el coche abajo y subí a perderme por las callejuelas hasta la hora del vermut.
Escrito por
Gato y PrincesaSomos Gato y Princesa: una pareja de Bilbao que cuenta sus viajes tal y como fueron — flechazos, desastres, consejos prácticos y algún souvlaki de más. Ahora mismo: recuperándonos del Peloponeso.
